miércoles, 3 de febrero de 2016

Un lugar vacio en Primera Clase




El 14 de octubre de 1998, en un vuelo trasatlántico de la línea aérea British Airways tuvo lugar el siguiente suceso. A una señora la sentaron en el avión al lado de un hombre de raza negra. La mujer pidió a la azafata que la cambiara de sitio, porque “no podía sentarse al lado de una persona tan desagradable”.

 La azafata argumentó que el vuelo estaba muy lleno, pero que iría a ver si acaso podría encontrar algún lugar libre en primera clase. Todos los pasajeros observaban la escena con disgusto, no solo por el hecho en sí, sino por el hecho de que además se le ofreciera un sitio a esa mujer en primera clase. Minutos más tarde regresó la azafata y le informó a la señora: “Discúlpeme señora, efectivamente todo el vuelo está lleno, pero afortunadamente encontré un lugar vacío en primera clase.

 Para hacer este cambio tuve que pedir autorización al capitán, que me indicó que no se podía obligar a nadie a viajar al lado de una persona tan desagradable.” La señora, con cara de triunfo, intentó salir de su asiento, pero la azafata en ese momento se volvió hacia el hombre de raza negra y le dijo: 

“¿Señor, sería usted tan amable de acompañarme a su nuevo asiento?”. Todos los pasajeros aplaudieron la acción de la azafata. Ese año, la azafata y el capitán fueron premiados por esa actuación.



Fuente: interrogantes.net

Consejo de un Pirata: Aprender a usar las manos






Un marinero y un pirata se encuentran, y empiezan a contarse sus aventuras en los mares. El marinero nota que el pirata tiene una pierna de palo, un gancho en la mano y un parche en el ojo. El marinero le pregunta “¿Y cómo terminaste con esa pierna de palo?”.

 El pirata le responde “Estábamos en una tormenta y una ola me tiró al mar, caí entre un montón de tiburones. Mientras mis amigos me agarraban para subirme un tiburón me arrancó la pierna de un mordisco”. “!Guau! -replicó el marinero- 

¿Y qué te pasó en la mano, por qué tienes ese gancho?”. “Bien… -respondió el pirata-; estábamos abordando un barco enemigo, y mientras luchábamos con los otros marineros y las espadas, un enemigo me cortó la mano”. “¡Increíble! -dijo el marinero- ¿Y qué te paso en el ojo?”.

 Ese día me encontraba extasiado contemplando la naturaleza, viendo una bandada de pajaros que surcaba el cielo, miré hacia lo alto y  sentí que algo caliente cayó en mi ojo. Una de las aves acertó coincidencialmente  sobre mi ojo y lo impactó con su estiercol.  “¿Perdiste el ojo por un excremento de paloma?”, replicó el marinero incrédulamente. “Bueno… -dijo el pirata- … era mi primer día con el gancho”.





martes, 2 de febrero de 2016

ARREGLAR AL HOMBRE



Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de siete años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible que se fuera, pensó en algo que pudiese darle para distraer su atención. Vio una revista en donde venía el mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba! Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: “Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie”. 

Calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no fue así. Pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: “Papá, papá, ya lo he acabado”. Al principio no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. 

Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? Le dijo: “Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste recomponerlo?”. “Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.”

Fuente:http://www.interrogantes.net/


¿POR QUÉ FALTAN TANTO LOS CRISTIANOS A LA IGLESIA?




Gerson Morey

Algunos creyentes faltan a los servicios de la iglesia con una preocupante frecuencia.
Seguramente alguien podría argumentar que el poco compromiso que algunos muestran hacia su iglesia local y la facilidad con la que faltan a los servicios quizá son evidencias de que esas personas nunca fueron regeneradas. Y en cierto sentido creo que esa lógica es correcta y sobretodo bíblica, pues la permanente hostilidad o la indiferencia hacia la iglesia no son rasgos de una persona que posee el Espíritu de Dios.
Sin embargo, me enfocaré en el tema que el título de este artículo presenta: ¿porqué faltan tanto los cristianos a la iglesia?. Es decir, porqué genuinos cristianos faltan a los servicios. Quiero presentar algunas de las posibles causas por las que, verdaderos creyentes se ausentan constantemente a su congregación.
Antes de continuar, debemos reconocer que en ocasiones se presentarán situaciones que nos impedirán congregarnos. En este sentido creo que algunas razones son comprensibles, sobretodo cuando éstas, escapan de nuestro control. Problemas de salud; responsabilidades laborales; un complicado horario de trabajo (aunque en ese caso también se deberían buscar alternativas para que eso no se convierta en un impedimento absoluto y permanente); dificultades de transporte; estar fuera de la ciudad y contratiempos semejantes, son algunas de las causas legítimas para ausentarse a un servicio de nuestra iglesia local.
El fondo del problema
Creo que en el fondo del problema [lo digo así por qué ausentarse con frecuencia a la iglesia es un problema]  yace una pobre compresión de nuestra redención y sobre todo un defectuoso entendimiento de la doctrina de la iglesia. Dicho de otra manera, si mal entiendo la naturaleza de mi salvación y la naturaleza de la iglesia de Cristo, seguramente congregarme no será una prioridad en mi vida.
Este artículo no podría hacerle justicia a la extensión, la importancia y la riqueza de ambos temas, pero creo que podemos destacar un par de aspectos sobre el mismo.
Primeramente, cuando los hombres nos arrepentimos de nuestros pecados, y confiamos en Cristo para nuestra salvación, la biblia nos enseña que somos sellados con el Espíritu Santo (Efesios 1:13), es decir, somos habitados por el espíritu de Dios. Pero de la misma manera, Pablo también nos explica que esa realidad se da en el contexto de nuestra unión con el cuerpo de Cristo:
Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo. Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo…”(1 Corintios 12:12-13 LBLA).
Esto quiere decir, que los creyentes hemos sido injertados en el mismo cuerpo, la iglesia de Cristo, por la obra del Espíritu Santo. Ahora, somos hechos miembros de esa comunidad en la que todos han sido participantes del mismo Espíritu. Para decirlo en términos sencillos, desde que nos convertimos, el Señor nos injerta en la iglesia, que es Su cuerpo, para ser parte de ella. Por lo tanto, nuestra vidas deben expresar esa realidad. Nuestra actitud y disposición hacia la iglesia deben reflejar esa necesidad y dependencia que un miembro tiene de un cuerpo.
Segundo, debemos establecer que cuando hablamos de la iglesia, estamos hablando de una comunidad de personas, y no de un edifico en particular. La iglesia debe ser comprendida como la comunidad de creyentes que se congrega para la adoración a Dios. Por ejemplo, cuando la palabra iglesia se usó en el libro de los Hechos, nunca tuvo una connotación geográfica, sino mas bien, la referencia era al grupo de personas que se reunían en algún lugar para la adoración y comunión.
Ademas, debemos tener en cuenta que es el Señor quien es presentado como el dueño de esta comunidad. Cristo dijo “yo edificaré mi iglesia” (Mateo 16:28); Pablo recordó a los ancianos de Efeso que debían “pastorear la iglesia de Dios, la cual El compró con su propia sangre” (Hechos 20:28 LBLA); Pedro también exhortó a los ancianos diciéndoles “pastoread el rebaño de Dios… “(1 Pedro 5:2 LBLA).
Asimismo debemos considerar con atención las palabras que Pablo usa para describir la relación, el cuidado y el propósito que Cristo tiene con su iglesia:
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada. (Efesios 5:25-27 LBLA)
Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia; (Efesios 5:29 LBLA)
Como dije, estos versículos nos presentan un panorama amplio y conmovedor respecto a esta profunda relación entre Cristo y su iglesia. El texto destaca el amor de Cristo por su iglesia, luego que se dio a sí mismo por ella, es decir, se entregó en la cruz por ella. Que la cuida y la sustenta y que tiene el propósito de presentarla a él mismo, sin mancha ni arruga.
Esto es una evidencia de la prominencia que las Escrituras le otorgan a la iglesia. No es para menos: La iglesia es del Señor; pagó un gran precio por ella; es amada, cuidada y sustentada por él, para hacerla cada día más pura y santa con el fin de un día presentársela así mismo adornada de gloria.
¡A esta gloriosa comunidad es que todo creyente pertenece!
Y deberíamos celebrar, sentirnos privilegiados y dar gracias por ello. Deberíamos unirnos, amarla y ser parte activa de ella. Procurar lo mismo que él procura para Su cuerpo. Creo que entender esta dimensión de la iglesia, despertará un aprecio y una actitud más comprometida con ella. Al fin y al cabo, somos miembros de ella.
De otro lado, debo hacer hincapié en algunos mandatos para los creyentes que solo se pueden cumplir cuando somos parte activa de esta comunidad. Estamos llamados a amarnos unos a otros (1 Juan 4:7); a perdonarnos (Efesios 4:32); a soportarnos (Col 3:13); a sobrellevad las cargas de los otros (Gal 6:1) a enseñarnos y exhortarnos unos a otros (Col 3:16). Ante tan abrumadora evidencia, debemos concluir, que es imposible ser obediente al Señor a este respecto, cuando no estamos participando de la comunión con los demás creyentes. Lo que Pablo dice en referencia a que “si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él” (1 Cor 12:26), solo tendrá una completa expresión dentro del compañerismo, del que también participamos durante los servicios de nuestra iglesia local.
Exhortación final 
Es cierto que hasta el momento no hemos enfocado este artículo a la necesidad y a los beneficios de congregarnos. Lo podemos dejar para otra oportunidad. Pero en este sentido, debo puntualizar que los hijos de Dios necesitamos estar junto a nuestros hermanos y adorar junto a ellos a nuestro Creador y Redentor. Necesitmos la adoración corporal, la instrucción de la palabra y el amor de los hermanos.
Asimismo debo también destacar que hay innumerables, gloriosos y eternos beneficios que se derivan de congregarse regularmente. Pero si somos justos, la adoración con otros creyentes, la palabra que recibimos de nuestro pastor, la oración corporativa y el compañerismo que experimentamos al asistir a los servicios de la iglesia, son beneficios por sí solos.
Por lo tanto, si la realidad de mi salvación comporta una unión con el cuerpo de Cristo; si la vida cristiana sucede en el contexto de la comunión con otros creyentes, y en vista del amor y el gran propósito que Cristo tiene por su iglesia, debemos tener en alta estima cada momento en el que estamos unidos con nuestros hermanos. Por eso, debemos congregarnos cada domingo si es posible. Tenemos que obedecer el mandato explícito de: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca. (Hebreos 10:25 LBLA).
Que Dios abra nuestros ojos a estas verdades y que seamos consecuentes con ellas, que asistamos a la iglesia y que entremos por sus “puertas con acción de gracias”, porque al final será para nuestra edificación personal, para la edificación del cuerpo Cristo y sobretodo para la gloria de nuestro gran Dios y Salvador.
Estimado creyente, no faltes a tu iglesia.

Fuente: http://blogs-es.thegospelcoalition.org/

CUANDO LAS HEREJÍAS PASAN DESAPERCIBIDAS

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R.C. Sproul 
¿Es Benny Hinn, el extravagante curandero de fe, un hereje? Así fue tildado por Hank Hanegraaff, el «hombre de las respuestas bíblicas», en su reciente libro Cristianismo en crisis. La acusación de Hanegraaff dio origen a un estallido radical de gritos de indignación dirigidos no a Hinn sino al propio Hanegraaff.
Hoy pareciera que la única herejía verdadera e intolerable es el despreciable acto de llamar a alguien hereje. Si el acusado es culpable, probablemente despertará más simpatía que su acusador. Hoy, cualquiera que grite «¡Hereje!» se arriesga a ser identificado como oriundo de Salem, Massachusetts (donde se llevaron a cabo los juicios por brujería).
Después de que Hanegraaff hiciera su acusación por la vía impresa, sucedió un par de cosas. Una fue que Hinn se retractó y se disculpó por haber enseñado que la Trinidad se compone de nueve personas. Ese tipo de retractaciones ha sido escaso en la historia de la iglesia y es gratificante que, al menos en este caso, Hinn se arrepintiera de su falsa enseñanza.
La segunda nota de interés en la saga Hanegraaff-Hinn fue la publicación de una editorial escrita por el editor de una de las revistas carismáticas principales, en la cual Hanegraaff fue censurado por llamar hereje a Hinn. Yo estuve presente en la convención de la Asociación de Libreros Cristianos de 1993 y fui testigo de una discusión entre Hanegraaff y el editor de la revista. Le hice algunas preguntas al editor. La primera fue: «¿Existe lo que se llama una herejía?» El editor reconoció que sí. Mi segunda pregunta fue: «¿Son las herejías una cuestión seria?» De nuevo estuvo de acuerdo en que sí. Mi siguiente pregunta fue obvia: «¿Entonces por qué critica a Hanegraaff por decir que Hinn enseñó una herejía cuando hoy el propio Hinn lo admite?»
El editor expresó preocupación por la tolerancia, la caridad, la unidad de los cristianos y asuntos de ese tipo. Expresó preocupación por las cacerías de brujas que ocurren en el mundo evangélico. Sin embargo, mi opinión al respecto es clara: No necesitamos cazar brujas en el mundo evangélico. No hay necesidad de cazar lo que no se está ocultando. Las «brujas» están a la vista, día tras día, en la televisión nacional, enseñando herejías flagrantes sin temor a la censura.
Piense en el caso de Jimmy Swaggart. Por años Swaggart ha repudiado públicamente la doctrina clásica de la Trinidad. Hasta donde yo sé, la iglesia de Swaggart no lo ha desafiado por su herejía. Fue censurado por inmoralidad sexual pero no por herejía. Supongo que esta iglesia considera que jugar con prostitutas en privado es una ofensa más seria que negar la Trinidad a la vista del mundo.
Como lo documenté en The Agony of Deceit [La agonía del engaño], Paul Crouch enseña herejías. También Kenneth Copeland y Kenneth Hagen. Estos hombres parecen enseñar sus herejías con impunidad.
Pero ¿a qué nos referimos con herejía? ¿Es todo error teológico una herejía? En un sentido general, todo alejamiento de la verdad bíblica puede ser considerado una herejía. Sin embargo, en el uso general de la reflexión cristiana, el término herejía ha estado habitualmente reservado para distorsiones flagrantes y atroces de la verdad bíblica; para errores tan graves que amenazan o la esencia (esse) de la fe cristiana o el bienestar (bene esse) de la iglesia.
Lutero fue excomulgado por Roma y declarado hereje por enseñar que la justificación se basa exclusivamente en la fe. Él contestó que la iglesia había abrazado una visión herética de la salvación. La cuestión aún arde en lo que respecta a quién es el hereje.
En la respuesta de Lutero a la Diatriba de Erasmo, él reconoció que muchos de los puntos en cuestión eran frivolidades. No justificaban que se rompiera la unidad de la iglesia. Podían ser «cubiertos» por el amor y la paciencia que cubren multitud de pecados (1P 4:8). Sin embargo, cuando se trató de la justificación, Lutero cantó una canción diferente. Llamó a la justificación «el artículo sobre el cual la iglesia permanece en pie o cae»; una doctrina tan vital que toca el mismísimo corazón del Evangelio. Una iglesia que rechaza la justificación basada exclusivamente en la fe (y la anatemiza como una herejía mortal) ya no es una iglesia alineada con la tradición cristiana. En dicho asunto Lutero no estaba luchando contra un adversario imaginario; la Reforma tampoco fue un simple malentendido entre facciones opuestas de la iglesia. No había un vaso de agua que fuera lo suficientemente grande como para contener la tempestad que se había provocado.
Cuando asistí a la universidad en Holanda, mi tutor, el Profesor G.C. Berkouwer, tenía la costumbre de centrar sus clases en una doctrina por año. En 1965, él dejó su programa habitual para dar clases sobre «La historia de la herejía en la iglesia cristiana».
Berkouwer examinó cuidadosamente las luchas más importantes que la iglesia enfrentó contra la herejía. Fue el canon herético de Marción el que hizo necesario que la iglesia formalizara los contenidos del verdadero canon de la sagrada Escritura. Fue el adopcionismo de Arrio el que exigió los decretos conciliares de Nicea. Fueron las herejías de Eutiques (monofisismo) y Nestorio las que provocaron el decisivo concilio ecuménico de Calcedonia en 451. Las herejías de Sabelio, Apolinario, los socinianos y otros han llevado a la iglesia a través de las épocas a definir los límites de la ortodoxia.
Uno de los puntos fundamentales del estudio de Berkouwer fue la tendencia histórica de las herejías a engendrar otras herejías; particularmente herejías en la dirección opuesta. Por ejemplo, los esfuerzos por defender la verdadera humanidad de Jesús condujeron frecuentemente a una negación de su deidad. El celo por defender la deidad de Cristo condujo a menudo a una negación de su humanidad. De la misma forma, el celo por la unidad de la Divinidad y el monoteísmo han llevado a la negación de las distinciones entre las personas del ser de Dios, mientras que el celo por sus rasgos personales distintivos ha conducido al triteísmo y a una negación de la unidad esencial de Dios. De la misma forma, los esfuerzos por corregir la herejía del legalismo han producido la herejía antinomiana y viceversa.
Vivimos en un clima en que la herejía es abrazada y proclamada con la mayor facilidad. De estas herejías principales, no recuerdo ninguna que no haya sido repetida y abiertamente proclamada en la televisión nacional por los así llamados «predicadores evangélicos» tales como Hinn, Crouch, y otros semejantes. Mientras que nuestros padres vieron estas cuestiones como asuntos de vida o muerte —o en realidad de vida o muerte eterna—, nosotros nos hemos rendido a tal punto ante el relativismo y el pluralismo que simplemente no nos preocupamos por los errores doctrinales serios. Preferimos la paz en lugar de la verdad y, a quienes son doctrinalmente fieles, los acusamos de ser divisivos cuando llaman a los herejes por su nombre. Es el hereje el que divide a la iglesia y altera la unidad del cuerpo de Cristo.

Artículo original: http://www.ligonier.org/learn/articles/none-dare-call-it-heresy/
Traducción: Cristian Morán

lunes, 1 de febrero de 2016

La guerra de las Galias: la contienda que encumbró a César

   


Entre los años 58 y 52 a.C., Julio César lideró a las legiones romanas hasta sojuzgar a las tribus galas, un choque que demostró la superioridad logística, estratégica y armamentística del ejército romano
Por Borja Pelegero. Historiador y arqueólogo, Historia NG nº 141
Ambicioso vástago de una familia de la más rancia nobleza romana, César protagonizó un espectacular ascenso político en Roma, que lo llevó en el año 59 a.C. al máximo cargo de la República, el de cónsul.

A los 42 años había demostrado su habilidad en las intrigas, su tirón entre el pueblo y también, como propretor en la Hispania Ulterior, sus dotes de administrador. Pero para ponerse a la altura de sus rivales de la aristocracia romana, en particular de Pompeyo, le faltaba un triunfo militar indiscutible. Con este objetivo en mente –pero también con el de engrosar su fortuna personal con un abundante botín–, logró que lo nombraran gobernador de la Galia Cisalpina, lo que le daba el mando sobre cuatro legiones y la posibilidad de emprender una campaña de conquista contra los pueblos que habitaban la Galia libre, provincia que también le fue atribuida.


A principios de marzo de 58 a.C., César ocupó su nuevo cargo. Durante los ocho años siguientes sometió al dominio romano, en una serie de audaces campañas, buena parte de los territorios de las actuales Francia y Bélgica, e incluso realizó incursiones en Britania y Germania. Al acabar su mandato, César había extendido las fronteras de la República romana hasta Europa central y se había convertido en uno de los hombres más ricos y poderosos de Roma. Sin embargo, la guerra de las Galias no fue un paseo militar para César y sus tropas, pues los galos ofrecieron una enconada resistencia y derrotaron a los romanos en varias ocasiones. La lucha contra los galos constituyó un desafío militar mayúsculo que puso de manifiesto por qué el ejército romano fue el más poderoso y eficaz de la Antigüedad.


Líder carismático

El liderazgo del propio Julio César fue una de las claves del triunfo romano en las Galias. El estilo de mando de César puede resumirse en tres palabras: agresividad, velocidad y riesgo. En el mundo antiguo, los generales romanos tuvieron una merecida fama de combativos, pero incluso entre ellos César destaca como un comandante extremadamente agresivo. Su método en las operaciones militares era siempre el mismo: encontrar al ejército enemigo y destruirlo. Ya fuesen los helvecios en busca de nuevas tierras, los germanos del rey Ariovisto intentando asentarse en las Galias o el rebelde galo Vercingétorix, César logró acorralarlos y acabar con ellos.


Otro elemento básico del estilo cesariano de hacer la guerra fue la velocidad. En el caso de la guerra de las Galias, su habilidad para mover el ejército con gran rapidez tuvo especial trascendencia, ya que le permitió compensar su principal debilidad, el hecho de estar en franca inferioridad numérica ante sus enemigos. Un ejemplo excelente lo tenemos en la campaña del año57 a.C. contra los pueblos belgas.

Cuando los romanos se encontraron, cerca de Bibrax, con un enorme contingente de tribus belgas, César se negó durante varios días a librar una batalla campal contra sus enemigos, sabedor de que éstos no podrían permanecer mucho tiempo en el lugar dada su incapacidad para garantizarse el abastecimiento de comida. Y en efecto, cuando las tribus se dispersaron para retornar a sus bases, César actuó raudo y condujo su ejército a marchas forzadas, primero contra la capital de los suesiones y después contra la de los belóvacos, hasta conseguir la rendición de ambos pueblos. A continuación invadió el territorio de los nervios y, aunque éstos le atacaron por sorpresa, los derrotó en el río Sabis. De esta manera, combinando velocidad y agresividad, César, con un ejército de 40.000 soldados, consiguió derrotar a una coalición que contaba con casi 300.000 guerreros.


Asimismo, César asumió a menudo unos riesgos que para otros generales hubiesen sido inaceptables. No hay duda de que muchos de estos peligros estuvieron perfectamente calculados, como lo demuestra el hecho de que nunca sufrió una derrota estrepitosa. Pero hay ocasiones en que rozó el desastre. Entre los años 55 y 54 a.C. condujo parte de su ejército a sendas expediciones a la isla de Britania. Empeñado en acrecentar su fama en Roma, César descuidó la preparación de la invasión y menospreció el peligro que suponen las frecuentes tormentas de verano en el canal de la Mancha.

 En ambas campañas perdió parte de su flota y a punto estuvo de quedar atrapado en Britania, pero la suerte no le abandonó y pudo regresar al continente con la mayor parte de su ejército.
Afortunadamente para César nunca tuvo que enfrentarse a todos los galos en bloque, ya que éstos se encontraban divididos en más de cuarenta pueblos independientes. A fin de cuentas, la vida política de los pueblos galos, con diversas facciones de nobles compitiendo ferozmente entre sí por el poder y el prestigio, no era muy diferente de la de la propia Roma, y César aprovechó su experiencia para explotar hábilmente estas divisiones.


Un ejército disciplinado

César sabía que el resultado final de sus campañas dependía de sus tropas. Por ello, fue lo que actualmente calificaríamos como un excelente motivador, capaz de conseguir que sus hombres se entregasen en cuerpo y alma a cada tarea, ya fuese una marcha, un asedio o bien una batalla.
El ejército romano de entonces era heredero de las reformas llevadas a cabo medio siglo antes por el cónsul Cayo Mario –pariente de César por matrimonio con su tía Julia–, que lo habían convertido en una fuerza casi profesional.

 En consecuencia, los soldados romanos se sometían a una disciplina muy dura. La historia del cónsul Tito Manlio Torcuato, quien más de tres siglos antes había hecho ajusticiar a su propio hijo por haber abandonado la formación para enfrentarse en combate personal contra el campeón de un ejército enemigo, probablemente sea falsa, pero los legionarios de César la conocían y se la creían. Puede que los soldados romanos no fuesen, individualmente, más valientes o más fuertes que sus rivales galos, pero colectivamente eran más disciplinados. Por todo esto las unidades romanas eran más eficaces en combate que las galas y, sobre todo, eran mucho más capaces de superar situaciones adversas.


Quizás el ejemplo más claro lo tengamos en la batalla del río Sabis, en 57 a.C. En ella los belgas sorprendieron a los romanos mientras construían un campamento fortificado. El ataque debió de suponer una gran sorpresa para los legionarios, pero su profesionalidad y entrenamiento les permitieron superar la emergencia. César ordenó a sus tropas formar una línea de batalla, cosa que tuvieron que hacer en los pocos minutos que tardaron los belgas en cruzar el Sabis. Los legionarios tuvieron que formar allí donde se encontraban, agrupándose alrededor de los centuriones y estandartes más cercanos. El resultado final fue una rotunda victoria romana.



Los galos demostraron en todo momento un coraje asombroso, como ilustra un incidente ocurrido durante el asedio de Avaricum, la capital de los bituriges. Los romanos habían construido una rampa que les permitió acercar las torres de asalto a la muralla de la ciudad. Los defensores galos debían destruirlas o la plaza estaría perdida, así que un guerrero intentó incendiarla, pero fue abatido por el proyectil de un escorpión, una pequeña catapulta empleada por los romanos. A continuación, uno tras otro, tres guerreros más ocuparon su lugar, muriendo todos en el intento. Sin embargo, pese a estos actos de valentía individual, las unidades galas carecían del grado de cohesión interna y la disciplina que tenían las romanas, por lo que fueron derrotadas por éstas en la mayoría de batallas campales.

Fuente: nationalgeographic.com
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3 Consideraciones en cuanto a las Crisis





Por: Julio César Barreto

Las crisis generan miedo, angustia, incertidumbre, ansiedad, entre otros  síntomas.  La humanidad entera a través de todas las generaciones la ha experimentado.  Las causas que originan las adversidades son variadas, pero  todas tienen algo en común;  todo comienza cuando el ser humano infringe las leyes.
En cuanto a los creyentes y en relación con este tema, es conveniente plantearnos las siguientes consideraciones:

¿Afectan las crisis a los creyentes y por qué?

Es prácticamente inevitable que las personas (aun los creyentes)  no sean alcanzadas por la adversidad.
Jesús dijo:

   “En el mundo tendrán aflicciones; pero tengan confianza, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).


El apóstol Pedro en tal sentido dijo dos puntos muy importantes cada uno:

1   No se sorprendan  cuando  vengan las dificultades

“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría".
  (1 Pedro 4:12-13).

El Apóstol se tomó la previsión de aclarar que los creyentes no deben padecer por hacer lo malo (lo cual es evidente  puesto que estamos puestos para lo contrario; hacer lo bueno).

  “Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello”. (1 Pedro 4:15-16).

2  El propósito por el cual Dios permite las crisis en el creyente

Pedro dijo que la adversidad es la manera como nuestra fe es puesta a prueba:

“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”. (1 Pedro 1:6-7).


Es importante tener una correcta perspectiva de la situación

El siervo de Eliseo sintió miedo cuando observó el gran número de soldados del ejército Sirio, que habían venido a capturar al profeta Eliseo.  Esa era su limitada perspectiva, pero Eliseo tenía una más amplia, por eso ante su temerosa pregunta, le responde:

“Entonces envió el rey allá gente de a caballo, y carros, y un gran ejército, los cuales vinieron de noche, y sitiaron la ciudad. Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? 

Él le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo”. ( 2 de reyes 6:15-17).

El hombre de estado británico William Wilberforce comentó en cierta ocasión, "Los objetos de la vida presente llenan el ojo humano con una falsa magnificación debido a su inmediatez". Los problemas y lo que conllevan a menudo actúan como esa bruma para obscurecer nuestra situación presente. Nos mantienen distanciados de mirar las cosas en la perspectiva adecuada.

La Biblia dice que los redimidos están sentados con Cristo en las regiones celestiales (Efesios 2:6).
La perspectiva de alguien sentado en el cielo es como la de un niño pequeño que mira por la ventana de un avión durante el despegue del aeropuerto. Los edificios y los carros se encogen a medida que el avión gana altitud y todo lo que antes parecía muy grande cuando el niño estaba en la tierra, ahora tiene el tamaño de un juguete.
Así es como nuestros problemas terrenales nos deben parecer cuando consideramos el tamaño de nuestro Dios y la región en donde estamos sentados con Cristo.
¿Qué hace Dios cuando estamos en crisis?
1.       Él hace que las dificultades actúen a nuestro favor:
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. (Romanos 8:28).
2.       Nos saca del pozo de la desesperación:
“Pacientemente esperé a Jehová,

Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor.
Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso;
Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos.
 Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.
Verán esto muchos, y temerán,
Y confiarán en Jehová.
 Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza”

(Salmo 40:1-4).
Amados en la gloriosa fe de nuestro Señor Jesucristo; los que creen en Dios y en el poder de Su Palabra, verán su gloria en medio de la tormenta.
Ningún problema, ninguna crisis, es más grande que nuestro Dios.
Las crisis son en realidad oportunidades para crecer espiritualmente y como personas, siempre con la ayuda del Espíritu Santo.
En medio de las dificultades, las crisis mas fuertes, ahí está el Señor con nosotros como Poderoso Gigante, para defendernos, para sustentarnos. él nunca falla.
Quiero concluir esta reflexión con las palabras de Pablo a los romanos, que dice:
Como está escrito: 

“Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; 
Somos contados como ovejas de matadero.
 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 
 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 
 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”


(Romanos 8:36-38).

Todo tiene su tiempo