sábado, 6 de febrero de 2016

“Entrenador, por favor, permítame jugar… yo tengo que jugar hoy”

                                  


Un muchacho vivía solo con su padre, ambos tenían una relación extraordinaria y muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio, usualmente no tenía la oportunidad de jugar, bueno, casi nunca, sin embargo su padre permanecía siempre en las gradas haciéndole compañía.

 El joven era el más bajo de la clase cuando comenzó la secundaria e insistía en participar en el equipo de fútbol del colegio; su padre siempre le daba orientación y le explicaba claramente que “él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en realidad”… pero el joven amaba el fútbol, ¡no faltaba a una práctica ni a un juego!, estaba decidido en dar lo mejor de sí, ¡se sentía felizmente comprometido!

 Durante su vida en secundaria lo recordaron como el “calentador del banquillo”, debido a que siempre permanecía sentado… su padre con su espíritu de luchador, siempre estaba en las gradas, dándole compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría esperar. Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol, todos estaban seguros que no lo lograría, pero a todos venció, entrando al equipo.

 El entrenador le dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado además por como él demostraba entregar su corazón y su alma en cada una de las prácticas y al mismo tiempo le daba a los demás miembros del equipo un gran entusiasmo. La noticia llenó por completo su corazón, corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre, quien compartió con él la emoción. Le enviaba en todas las temporadas todas las entradas para que asistiera a los juegos de la Universidad.

 El joven era muy persistente, nunca faltó a un entrenamiento ni a un partido durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo la oportunidad de jugar ningún partido. Era el final de la temporada y justo unos minutos antes que comenzara el primer juego de las eliminatorias, el entrenador le entregó un telegrama. El joven lo tomó y luego de leerlo se quedó en silencio. Temblando le dijo al entrenador: “Mi padre murió esta mañana, ¿no hay problema de que falte al juego hoy?”. El entrenador lo abrazó y le dijo: “Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el sábado”.

 Llegó el sábado, y el partido no estaba muy bien, en el tercer cuarto, cuando el equipo tenía 10 puntos de desventaja, el joven entró a los vestuarios y se puso el uniforme y corrió hacia donde estaba el entrenador y su equipo, que estaban impresionados de ver a su luchador compañero de regreso. “Entrenador, por favor, permítame jugar… yo tengo que jugar hoy”, imploró el joven

 El entrenador pretendió no escucharle, de ninguna manera podía permitir que su peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el joven insistió tanto, que finalmente el entrenador sintió lástima y aceptó: “Bien, hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo”. Minutos después el entrenador, el equipo y el público, no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había participado en ningún juego, estaba haciendo todo perfectamente brillante, nadie podía detenerlo en el campo, corría fácilmente como toda una estrella.

 Su equipo comenzó a ganar, hasta que empató el juego. En los segundos de cierre el muchacho interceptó un pase y corrió todo el campo hasta ganar con un touchdown. La gente que estaba en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó cargado por todo el campo. Finalmente cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba sentado calladamente y solo en una esquina, se acercó y le dijo: “Muchacho no puedo creerlo, ¡estuviste fantástico! Dime, ¿cómo lo lograste?”.

 El joven miró al entrenador y le dijo: “Usted sabe que mi padre murió… pero no sabía que mi padre era ciego”. El joven hizo una pausa y trató de sonreír. “Mi padre asistió a todos mis juegos, pero hoy era la primera vez que podía verme jugar… y yo quise demostrarle que sí podía hacerlo”.

Fuente: interrogantes.net

¿Puedes darme alguna cosa?



¿Recuerdas ese conocido cuento de Tagore sobre un mendigo que iba pidiendo de puerta en puerta? Un día vio aparecer a lo lejos del camino, acercándose, la carroza de un Rey… Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes.

 Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos habían acabado. (…). La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: ¿Puedes darme alguna cosa? ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer.

 Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para darle todo! (Gitanjali, 50).


Fuente: interrogantes.net

viernes, 5 de febrero de 2016

Jerry: El Optimista

             


Jerry siempre estaba de buen humor, y siempre tenía algo positivo que decir. Cuando alguien le preguntaba cómo le iba, el respondía: -Si pudiera estar mejor, sería gemelos. Era gerente de un restaurante, y era un gerente único porque tenía varias meseras que lo habían seguido de restaurante en restaurante. 

La razón por la que las meseras seguían a Jerry era por su actitud: él era un motivador natural. Si un empleado tenía un mal día, Jerry estaba ahí para decirle al empleado cómo ver el lado positivo de la situación. Este estilo realmente me causó curiosidad, así que un día fui a buscar a Jerry y le pregunté: – No lo entiendo… no es posible ser una persona positiva todo el tiempo, ¿cómo lo haces? Jerry respondió: – Cada mañana me despierto y me digo a mí mismo: “Jerry, tienes dos opciones hoy. Puedes escoger estar de buen humor o estar de mal humor”. Escojo estar de buen humor.

Cada vez que sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o aprender de ello. Escojo aprender de ello. Cada vez que alguien viene a mí para quejarse, puedo aceptar su queja o puedo señalarle el lado positivo de la vida. Escojo señalarle el lado positivo de la vida. – Sí, claro… pero no es tan fácil – protesté. – Sí lo es – dijo Jerry -. Todo en la vida es acerca de elecciones. Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección.

 Tú eliges como reaccionas ante cada situación. Tú eliges como la gente afectará tu estado de ánimo. Tú eliges estar de buen humor o mal humor. En resumen: ¡tú eliges cómo vivir la vida! Reflexioné en lo que Jerry me dijo. Poco tiempo después, dejé la industria de restaurantes para iniciar mi propio negocio. Perdimos contacto, pero con frecuencia pensaba en Jerry cuando tenía que hacer una elección en la vida.

 Varios años más tarde, me enteré que Jerry hizo algo que nunca debe hacerse en un restaurante. Dejó la puerta de atrás abierta una mañana, y fue asaltado por tres ladrones armados. Mientras trataba de abrir la caja fuerte, su mano, temblando por el nerviosismo, resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y le dispararon. Con mucha suerte, Jerry fue encontrado relativamente pronto y llevado de emergencia a una clínica. Después de 18 horas de cirugía y varias semanas de terapia intensiva, Jerry fue dado de alta aún con fragmentos de bala en su cuerpo.

 Me encontré con Jerry seis meses después del accidente y, cuando le pregunté cómo estaba, me respondió: – Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo. Le pregunté que pasó por su mente en el momento del asalto. Contestó: – Lo primero que vino a mi mente fue que debí haber cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando estaba tirado en el piso, recordé que tenía dos opciones. Podía elegir vivir o podía elegir morir. Y elegí vivir. – ¿No sentiste miedo? – le pregunté. Jerry continuó: – Los médicos fueron geniales. No dejaban de decirme que iba a estar bien, pero cuando me llevaron al quirófano y vi las expresiones en sus caras y en las de las enfermeras, realmente me asusté… podía leer en sus ojos que era hombre muerto.

 Supe entonces que debía tomar acción… – ¿Y qué hiciste? – pregunté. – Bueno… uno de los médicos me preguntó si era alérgico a algo y, respirando profundo, grité: “¡Sí, a las balas!”. Mientras reían, les dije: “Estoy escogiendo vivir… opérenme como si estuviera vivo, no muerto”. Jerry vivió por la maestría de los médicos, pero sobre todo por su actitud.



Fuente: interrogantes.net

"Será la mano de Dios la que decida tu destino"

   

 Cuenta una antigua leyenda que, en la Edad Media, un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente en el reino y, por eso, desde el primer momento se procuró un “chivo expiatorio”, para encubrir al culpable.
El hombre fue llevado a juicio ya sabiendo que tendría escasas o nulas posibilidades de escapar a la horca. El juez, también implicado en la infamia, cuidó no obstante de dar todo el aspecto de un juicio justo. Siguieno una práctica de entonces, dijo al acusado: – “Conociendo tu fama de hombre justo y devoto de Dios, vamos a dejar en manos de Él tu destino: vamos a escribir en dos papeles separados las palabras “culpable” e “inocente”. Tú escogerás y será la mano de Dios la que decida tu destino”.
Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: “CULPABLE”. La pobre víctima se daba cuenta de que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria. El juez conminó al hombre a tomar uno de los papeles doblados. Éste respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados y, cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una extraña sonrisa, tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rápidamente. Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente… – “Pero ¡¿qué hizo…?! Y ¿ahora…? ¿Cómo vamos a saber el veredicto…?!” – “Es muy sencillo, respondió el hombre: – “Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué.” Y no les quedó más remedio que liberar al acusado.


Fuente: interrogantes.net

jueves, 4 de febrero de 2016

¿Puedo hacer una pregunta, profesor?

                                 

En 1931, el novelista inglés Arnold Bennet (1867-1931), tratando de demostrar a las incultas gentes de París que el agua que bebían no era la causa de la epidemia de tifus que asolaba la ciudad, bebió públicamente un vaso de aquel agua. Murió de tifus a los pocos días.
¿Existe el mal? Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta: ¿Dios creó todo lo que existe? Un estudiante contestó: Sí. ¿Dios creó todo?: Sí señor, respondió el joven. El profesor contestó: Si Dios creó todo, entonces Dios hizo el mal, pues el mal existe, y si las obras son un reflejo de quien las hace, entonces Dios es malo.
El estudiante se quedó callado ante esa respuesta. El profesor se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito.
Otro estudiante levantó la mano y dijo: ¿Puedo hacer una pregunta, profesor? Por supuesto, respondió. El joven se puso de pie y dijo: ¿Cree usted que existe el frío? ¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe. ¿Acaso usted no ha tenido frío? El muchacho siguió: De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, y el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, pero el frío en realidad no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.
Continuó el estudiante: ¿Y existe la oscuridad? El profesor respondió: Por supuesto. El estudiante contestó: Pienso que la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber lo oscuro que está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio. Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describirlo que sucede cuando no hay luz presente.
Finalmente, el joven preguntó al profesor: ¿Existe el mal?. El profesor respondió: Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son manifestaciones del mal. El estudiante respondió: El mal no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia del bien debido, y es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.
El profesor se quedó callado.
El joven se llamaba Albert Einstein.

Fuente: interrogantes.net

“Sí, sí, yo creo en ti; tú puedes. Yo confío en ti…”

   

En Nueva York se han construido dos rascacielos impresionantemente altos, a treinta metros de distancia uno del otro. Un famoso equilibrista tendió una cuerda en lo más alto de estos edificios gemelos con el fin de pasar caminando sobre ella. Antes dijo a la multitud expectante: -“Me subiré y cruzaré sobre la cuerda, pero necesito que ustedes crean en mí y tengan confianza en que lo voy a lograr”…
– “Claro que sí” – , respondieron todos al mismo tiempo. Subió por el elevador y ayudándose de una vara de equilibrio comenzó a atravesar de un edificio a otro sobre la cuerda floja. Habiendo logrado la hazaña bajó y dijo a la multitud que le aplaudía emocionada: -“Ahora voy a pasar por segunda ocasión, pero sin la ayuda de la vara. Por tanto, más que antes, necesito su confianza y su fe en mí”.
 El equilibrista subió por el elevador y luego comenzó a cruzar lentamente de un edificio hasta el otro. La gente estaba muda de asombro y aplaudía. Entonces el equilibrista bajó y en medio de las ovaciones por tercera vez dijo: – “Ahora pasaré por última vez, pero será llevando una carretilla sobre la cuerda… Necesito, más que nunca, que crean y confíen en mí”.
 La multitud guardaba un tenso silencio. Nadie se atrevía a creer que esto fuera posible… -“Basta que una sola persona confíe en mí y lo haré”-, afirmó el equilibrista. Entonces uno de los que estaba atrás gritó: -“Sí, sí, yo creo en ti; tú puedes. Yo confío en ti…”. El equilibrista, para certificar su confianza, le retó: -“Si de veras confías en mí, vente conmigo y súbete a la carretilla…”.

Fuente: interrogantes.net

miércoles, 3 de febrero de 2016

Hubiera sido mejor: Cambiarme a mi mismo





Cuando era joven, soñaba con cambiar el mundo. Mi imaginación no tenía límites. Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar solo mi país.

 Pero con el tiempo me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí. Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa:

 Si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y -quien sabe- tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo. (Encontrada en la lápida de un obispo anglicano en la Abadía de Westminster).



Fuente: interrogantes.net

Todo tiene su tiempo