martes, 15 de agosto de 2017

Elizabeth George desafía a mujeres a orar por sus esposos

                                                        


Con el propósito de brindarle a las mujeres una guía de oración por su matrimonio y por la vida de su pareja, Editorial Portavoz publicó “Una mujer que ora por su esposo”, de Elizabeth George.

Con enseñanzas nacidas de sus experiencias de oración por su esposo Jim, la autora comparte en este libro 15 motivos de oración que traerán no solo una profunda unidad en la relación matrimonial de cada lectora, sino una consciencia de la obra de Dios en la vida de su esposo.

El propósito de este libro es que a través de la oración específica las mujeres se acerquen a Dios y se acerquen a sus esposos también.


“Después de mi propia experiencia con Jim y su vida, luego de hablar con esposas de todo el mundo, de leer sus cartas y sus correos electrónicos, te insto a establecer algún tipo de sistema para la oración. Puede ser un cuaderno o un diario, una aplicación en el teléfono o un archivo personal creado en tu computadora”, señaló Elizabeth.


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La autora recomienda a través de su libro “incorporar las 15 áreas de la vida de tu esposo que se presentan en ‘Una mujer que orar por su esposo’”. Asimismo alienta a comenzar en el momento preparando “una nueva página para tu esposo al leer cada capítulo. Ya sea que quieras hacer todas las oraciones de este libro a diario, o centrarte en una cada día” y finalmente recomienda usar las páginas preparadas especialmente en el libro para orar por el cónyuge.

Entre los motivos de oración que se incluyen en el libro, la autora guiará a las mujeres a orar por el crecimiento espiritual del hombre del hogar, por su sabiduría, su trabajo, su punto de vista respecto al dinero, por decisiones que tenga que tomar, por su pureza y para que su esposo actúe con valor, entre otras áreas de oración.

Este libro ya se encuentra en las principales tiendas y también en el sitio web de la editorial, www.portavoz.com.

Fuente: Notiprensa.com

lunes, 14 de agosto de 2017

El depredador tenía a la mujer entre sus mandíbulas

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Helen Signy

Elyse Frankcom estaba molesta por la discusión que había tenido la noche anterior con su mejor amiga. Elyse, de 19 años, lamentaba que se hubiesen enfadado y lo único que quería era sumergirse en las cristalinas aguas de Rockingham, al oeste de Australia, y olvidarse de la pelea. Sabía que al ponerse el cinturón con las pesas, las gafas de buceo y el tubo, podría escapar a un tranquilo y mágico mundo. Una de sus tareas como monitora de buceo era llevar a los turistas a nadar con los delfines.
Esa fresca mañana de octubre de 2010, los 33 turistas que habían pagado para realizar una excursión de buceo de seis horas formaban un grupo heterogéneo: tres niños, algunas mujeres de mediana edad, familias y extranjeros. Entre ellos se encontraba Trevor Burns, de 48 años, 130 kilos y una gran barba canosa que le llegaba hasta el pecho. Desde luego, no pasaba desapercibido.
Burns y su mujer, Julie, habían compartido muchas aventuras juntos antes de ir a Perth. Ese viaje era una sorpresa especial para su hija Megan, de 24 años, que venía de visita desde Brisbane. Julie casi nunca se aventuraba a meterse en el agua. Ese día estaba contenta de quedarse en cubierta. Podría relajarse, charlar y fotografiar a Trevor y a Megan con un grupo de delfines. Por su parte, Burns no tenía miedo a casi nada, pero esa mañana cuando llegó al muelle se estremeció con el fresco de la mañana.
Frankcom preparó su equipo de buceo y se ató precavidamente el repelente anti tiburones en uno de sus tobillos. Mientras, ella y su equipo compartieron algunas emocionantes noticias con sus pasajeros: uno de los delfines de un grupo familiar había dado a luz la semana anterior y tenían la esperanza de poder ver la cría.
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 Durante la mañana, el barco de buceo Apollo 3, de 15,5 metros de eslora, navegó por las aguas protegidas de la bahía y las islas de Rockingham. La tripulación no tardó en poner rumbo hacia donde estaban los delfines. Dividieron a los turistas en cuatro grupos para que entraran en el agua por turnos. Un guía de cada grupo manejaba una moto de agua que llevaba a remolque a los nadadores y cada nadador se agarraba al cinturón del nadador que llevaba delante.

El trabajo de Frankcom ese día consistía en atraer y entretener a los delfines manteniéndolos en la superficie para que los turistas pudieran verlos. Mientras la cadena humana formada por un grupo de pasajeros surcaba el mar, ella nadaba en la superficie y en el fondo para mantener entretenidos a los delfines. Mientras los delfines retozaban alrededor de los nadadores, los que estaban en cubierta se maravillaban con los silbidos y salpicaduras.
Burns y Megan llamaron a gritos emocionados a Julie cuando volvieron a bordo tras su primer encuentro cercano con los delfines. Burns se echó a un lado para dejar pasar a un miembro del personal que lo adelantó por la estrecha pasarela. Al hacerlo, resbaló y se dio un golpe con el brazo de un asiento cercano. “Estoy bien”, dijo, sintiéndose un poco avergonzado. “Solo es una pequeña herida”. Pero le dolían las costillas.

Antes de comer, el barco se encontraba a unos 300 metros de la isla de Garden, donde el agua tenía una profundidad de 7 metros. Un miembro de la tripulación divisó otro grupo pequeño: eran dos hembras y una cría recién nacida. Al contrario que los anteriores, esos delfines parecían erráticos, salían nadando a toda velocidad inesperadamente y después se acercaban de nuevo al barco.
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Julie, Megan y los demás en cubierta querían hacer fotos. Les suponía un reto. Así que Frankcom aceptó meterse al agua. “Ten cuidado. Despacio”, le recordó uno de los miembros de la tripulación. “Sin movimientos bruscos: no queremos asustarlos”.

La tarea de Frankcom consistía en bucear hasta el lecho marino y animar al trío de delfines a que subiera a la superficie. Solo un grupo entraría al agua con ella. Haciendo caso omiso de sus costillas contusionadas, Burns aprovechó el hueco que quedaba libre y Frankcom se deslizó cuidadosamente en el agua. Se olvidó completamente de encender el dispositivo del tobillo que emitía impulsos eléctricos para disuadir a los tiburones.
Burns y los demás bucearon en la superficie mientras Frankcom se adentraba en las profundidades para llamar la atención del grupo de delfines. En unos minutos, atrajo a los tres delfines junto a los buceadores, pero el trío se comportaba de una forma rara, desaparecía y volvía a aparecer. Una vez más, Frankcom intentó dirigir al trío a la superficie. Empezaron a subir desde el fondo del océano, pero volvieron a bajar inmediatamente. Debe ser por la cría, pensó mientras subía a la superficie a coger un poco de aire justo delante del grupo.
De pronto algo la golpeó. Una fuerza descomunal la golpeó por la espalda, sacándola del agua. Mientras se agitaba y jadeaba para coger aire, echó un vistazo al barco y luego miró al agua. Lo único que vio fue un bloque gris. Era un gran tiburón blanco.

Detrás de Frankcom, entre ella y el barco, Burns vio un torpedo pasar junto a él dejando una estela de agua. Durante un momento pensó que debía ser uno de los delfines, pero luego observó cómo una criatura que medía más del doble que un humano adulto arremetía contra las piernas de Frankcom.
Sus enormes dientes atravesaron el traje de neopreno por debajo de la rodilla hasta la parte superior de la cadera. De repente, la soltó momentáneamente para dar un bocado más fuerte y conseguir atraparla mejor. En ese momento, Frankcom se desmayó.
¡Suéltala!, era lo único que pensaba Burns mientras se abalanzaba hacia el tiburón para intentar sujetarlo. Abriendo los brazos al máximo,agarró al tiburón por detrás de la cabeza y después se aferró con todas sus fuerzas mientras el tiburón se removía y azotaba violentamente el agua. A su alrededor solo había agua teñida de rojo. Incapaz de mantener las manos alrededor del enorme y potente escualo, Burns empleó toda su fuerza para agarrarse a su piel rugosa. Cegado por la agitada agua roja, el tiburón lo lanzó por el aire como si fuera un muñeco de trapo, antes de volver a hundirse bajo la superficie. Pero a pesar de todo siguió agarrado.
Entre el caos por las violentas sacudidas del tiburón, las olas manchadas de sangre y su propio miedo, Burns se centró en una sola idea: conseguir que el tiburón se alejara de Frankcom.

En el barco, todo era un caos. La sirena sonaba para avisar a los nadadores de que salieran del agua. Nadie se dio cuenta de que Frankcom seguía en el agua: lo único que vieron fue el enorme cuerpo de Burns volando fuera del agua cuando el tiburón intentó deshacerse de él.
Burns no podía ver con claridad, pero podía pensar. La adrenalina lo ayudaba a mantenerse centrado y a enmascarar el dolor de sus costillas.
Aún entre las fauces del tiburón, a Frankcom le sangraban profusamente las piernas porque tenía las arterias seccionadas. De pronto “resucitó” y con las fuerzas que le quedaban intentó dar un puñetazo en el hocico al tiburón. Sus esfuerzos fueron inútiles, porque su puño contra el gran tiburón blanco era como darle una patada a un neumático. Mientras balbuceaba en el agua teñida de sangre, Frankcom se acordó de repente del dispositivo del tobillo. Se agachó como pudo y encendió el dispositivo. E inmediatamente después, se quedó inconsciente. El dispositivo del tobillo funciona emitiendo unos impulsos eléctricos que van directamente al hocico del tiburón y le provoca desagradables espasmos musculares. Burns seguía unido al tiburón en un abrazo desesperado cuando el escualo sintió el calambre de la señal de alta frecuencia. Dejó inmediatamente de dar sacudidas. Y tal y como había aparecido, desapareció adentrándose en el mar. Al huir de la tortura silenciosa del repelente, Burns se liberó fácilmente de él.
Cuando el agua se aclaró, Burns vio que Frankcom se estaba hundiendo. Había perdido las gafas de buceo y tenía los ojos abiertos mientras se iba hundiendo. Burns se zambulló y la agarró junto al lecho marino.
Los turistas corrieron hasta la plataforma de popa a nivel del mar para salir del agua, y cuando se dieron cuenta de que Burns había rescatado a Frankcom, se acercaron para ayudarle.
El tiburón le había desgarrado las piernas, pero el traje de neopreno seguía en buen estado y había ayudado a sujetar los fragmentos de las extremidades. Burns le sostuvo la cabeza contra su pecho mientras dos de los turistas, un ATS y una enfermera, se ponían a trabajar para estabilizarla, elevando y vendando sus piernas para evitar más pérdida de sangre.
En el muelle esperaba una ambulancia que llevó a Frankcom hasta el helicóptero en el que voló hasta el hospital, a 50 kilómetros. Durante la operación de urgencia, los médicos quitaron tres cuartas partes de uno de los colmillos del tiburón prendido en el hueso de su cadera izquierda y le cosieron las heridas de las piernas y las caderas con más de 200 grapas. Mientras, las enfermeras del hospital examinaron las costillas de Burns y confirmaron que se las había roto o fisurado en la caída en el barco.
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Los expertos creen que el tiburón había estado siguiendo la pista de la cría de delfín y que su presencia explicaba el extraño comportamiento del grupo de delfines.
Frankcom hizo las paces con su mejor amiga inmediatamente. La experiencia le había enseñado que cada momento con un ser querido es precioso. Tardó varios meses en caminar sin muletas y de vez en cuando le siguen doliendo las piernas.
Burns recibió la Estrella al Valor, una condecoración australiana a los ciudadanos valientes. Hace poco se compró el equipo para iniciarse en el buceo. Su preocupación principal es que se respeten los hábitos de los tiburones. “No son como los perros a los que puedes amaestrar. Solo hacen lo que les demanda su naturaleza”, afirma.
Mientras tanto, Julie tiene más claro que nunca que el sitio más seguro es la cubierta del barco.

Fuente: readersdigestselecciones.es

Zapato roto (Humor)

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 Estaba bastante satisfecho con la compra de unos zapatos que había hecho en unos exclusivos almacenes. Más o menos una semana después, un día lluvioso, tenía mucha prisa y me puse los zapatos rápidamente antes de salir a la ciudad. Aterrado, experimenté una sensación húmeda en el zapato derecho: ¡tenía un agujero! Acudí de vuelta a los grandes almacenes para quejarme del calzado. Cuando me presenté en la oficina de Atención al Cliente, la empleada revisó ambos zapatos y dijo: “Efectivamente, señor: el zapato derecho tiene un agujero. Pero, usted solo compró en esta tienda el zapato izquierdo”. Mi disculpa fue tan fugaz como mi salida.

 Philip Carroll, Canadá




Fuente: readersdigestselecciones.es

jueves, 10 de agosto de 2017

El amor al revés




Por: Pr. Julio César Barreto / 


En la cotidianidad de la vida, hay muchas cosas que están al revés y no al derecho (como debiera ser). Es el tiempo en el que a lo bueno lo llaman malo,  y viceversa (Isaias 5: 20) "¡¡Ay de los  que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!". Los seres humanos desconectados de Dios y de su Santidad, no disciernen como deben realmente estar las cosas, por eso a lo "Bueno" le llaman al revés, "malo". Pero la excelente noticia es que "Dios envió a su Hijo amado, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3: 16).

Una vez que el ser humano pone sus pies en El Camino, la Verdad y la Vida, comienza a tener el Fruto del Espíritu Santo que comienza con el "Amor". De tal manera que una cosa es cómo  lo estaba haciendo, y que pensaba que estaba bien, y para colmo hasta decíamos que eso era amor, y otra muy diferente, es la que Dios nos enseña y nos ayuda a colocarlas en su justo lugar. "Te enseñaré y te mostraré el camino; te estaré observando y seré tu guía" (Salmo 32:8 PDT). Estas imágenes son un reflejo de algunos aspectos que tienen que ver justamente con el Amor al derecho y al revés. Al final concluimos felizmente con el Amor, pero al derecho.



                                                   
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Así es como es...al DERECHO
                                                      

miércoles, 9 de agosto de 2017

Señor: ¿Hasta cuando oraré y no escucharás; y gritaré a causa de la violencia y no salvarás?

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Por: Pr. Julio César Barreto


Con cuanta frecuencia muchas personas se hacen esta pregunta: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite tanta violencia? ¿Por qué permanece indiferente ante el sufrimiento? - No es nuevo este cuestionamiento al Creador. El Profeta Habacuc le planteó a Dios sendas interrogantes tales como:


¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?
¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan.
Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia. (Habacuc 1: 1-4)
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Continuó Habacuc con su interrogatorio a Dios...


¿No eres tú desde el principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío? No moriremos. Oh Jehová, para juicio lo pusiste; y tú, oh Roca, lo fundaste para castigar.
Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio; ¿por qué ves a los menospreciadores, y callas cuando destruye el impío al más justo que él,
y haces que sean los hombres como los peces del mar, como reptiles que no tienen quien los gobierne?
Sacará a todos con anzuelo, los recogerá con su red, y los juntará en sus mallas; por lo cual se alegrará y se regocijará. (Habacuc 1: 12-15)

¿Qué respondió Dios al profeta?

Y Jehová me respondió, y dijo: Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella.
Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará.
He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá.

¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿la estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra?
¡Ay del que dice al palo: Despiértate; y a la piedra muda: Levántate! ¿Podrá él enseñar? He aquí está cubierto de oro y plata, y no hay espíritu dentro de él.
Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra.
 (Habacuc 2)



martes, 8 de agosto de 2017

FRENTE AL TERRORISMO

                             
Perdió ambas piernas en un atentado suicida. Hoy se dedica a convencer a jóvenes extremistas para que resistan a la llamada de la violencia 


                                            Frente al terrorismo - Selecciones



Jacques Koch

EN EL AULA DEL COLEGIO  de la región de Klaten (Indonesia), hace un calor sofocante pero los alumnos reunidos la mañana del 19 de octubre de 2013 están acostumbrados a ese calor. También están acostumbrados a la pobreza, la corrupción y la falta de oportunidades. El sentimiento de injusticia les convierte en objetivos fáciles para los reclutadores de las organizaciones extremistas violentas.
Se quedan en silencio cuando un atractivo holandés de 38 años, con prótesis en ambas piernas, entra en el aula. El holandés habla con calma pero con autoridad. “Perdí las piernas hace ocho años”, dice Max Boon. “Un terrorista suicida hizo explotar la bomba que llevaba adherida al cuerpo en la sala de conferencias del hotel de Yakarta donde me encontraba. El suicida tenía 18 años, un chico joven: como vosotros”. Max ha vuelto a Indonesia para evitar que a otras personas les ocurra lo mismo que a él. Los alumnos le escuchan atentos.
Max Boon nació y se crió en la ciudad holandesa de Venray, a unos 160 kilómetros al sureste de Ámsterdam. De niño, jugaba al fútbol con los refugiados indonesios que vivían en su ciudad, y comenzó a interesarse por su cultura y su historia. Además, las historias de un amigo de la familia que había pasado tiempo en Indonesia cuando el archipiélago se independizó de los Países Bajos, despertaron más su interés. Boon se licenció en Estudios y Gestión Indonesios en la Universidad de Leiden, y eso lo acercó aún más a su sueño de convertirse en hombre de negocios en Indonesia. Viajó al país por primera vez en 1997, como parte de sus estudios.
En julio de 2009, Max, de 33 años, trabajaba como asesor de empresarios extranjeros en Yakarta. Estaba a punto de inaugurar su sesión informativa semanal en el hotel Marriott, cuando un joven entró en la sala para “darle algo a su jefe”, según había contado al personal del hotel. Pero lo que hizo fue activar la bomba que llevaba pegada al cuerpo, matándose a sí mismo y a otras cuatro personas e hiriendo a otras 16, entre las que se encontraba Max.
Cuando Max recuperó la consciencia tres semanas después en un hospital de Singapur, su madre estaba allí. “Max, te han tenido que amputar las piernas”, le dijo. Con su apoyo, decidió vivir lo mejor que pudiera.
Cuando volvió a Holanda, tardó años en recuperarse y aún hoy sigue con rehabilitación. Sufrió quemaduras en el 70% de su cuerpo. Hicieron falta muchas operaciones para salvarle el maltrecho brazo derecho y para eliminar la metralla de su cuerpo. Tiene un tornillo alojado tan cerca del corazón que los médicos dicen que es demasiado peligroso extraerlo. Un año después del atentado, le salió de la oreja un trozo de porcelana del servicio de mesa del Hotel Marriott En la actualidad camina con prótesis de alta tecnología en ambas piernas.
Mientras yacía en la cama del hospital de Singapur, Max leyó un artículo sobre el terrorista suicida que había perpetrado el atentado. Dani Dwi Perana acababa de terminar la escuela secundaria. Era aficionado al baloncesto, servicial y amable. Como procedía de un hogar roto era fácilmente impresionable y había caído en las manos de un clérigo musulmán radical que lo había convencido para que sacrificara su vida en la guerra santa, la yihad. Sus familiares aborrecían lo que Dani había hecho.
Max vio el mensaje de video que Dani había grabado antes de saltar por los aires en el atentado junto a las víctimas. “Esto no es un suicidio”, decía a la cámara. “Espero ir al cielo. Es la forma de aterrorizar al enemigo”.
Ahí estaba, ese joven amable y sonriente. “A Dani le lavó el cerebro una banda de criminales”, afirma Max. Al igual que su atacante había sido anónimo para él, él había sido igualmente anónimo para el terrorista. Si Dani hubiese visto el gran dolor que había causado con su atentado, ¿lo habría reconsiderado?
Esa idea hizo que Max se marcara un nuevo objetivo en la vida.
Se metió en Internet para estudiar el fenómeno del terrorismo. Descubrió que las víctimas no habían sido movilizadas para luchar contra él. Max se dirigió a los expertos del Centro Internacional de lucha contra el Terrorismo (ICCT) de la Haya, y con su apoyo volvió a Indonesia para poner en marcha el Proyecto Voces de las Víctimas, en el que trabaja junto a víctimas de atentados terroristas visitando escuelas en zonas donde saben que los alumnos son vulnerables a los reclutadores extremistas.
En 2013 Ali Fauzi se unió a Max en su primera gira por las escuelas de la región de Klaten. Fauzi, de 42 años, es un antiguo terrorista. “Yo enseñaba a fabricar bombas,” dice Ali. “Uno de mis alumnos fabricó la bomba que mutiló a Max”.
Al principio fue difícil para Max, pero ha perdonado a Ali. “El hecho de que yo me sintiera víctima de una gran injustica no significa que tenga que odiar a este hombre, que ha decidido cambiar su vida.”
La primera ponente en el primer colegio que visitaron fue una madre joven que había sufrido graves quemaduras en uno de los atentados de Bali. A Max le gustó que su historia llegara a los alumnos, algunos de los cuales le habían sorprendido antes de la conferencia con su abierta admiración por los terroristas. Ali Fauzi se vio abrumado por la emoción y tuvo que abandonar la sala.
Dice que el trabajo que hace Max es impresionante. “Me da fuerzas para trabajar por la paz,” afirma.
En la actualidad, Voces de las Víctimas forma parte de una organización más amplia llamada Aliansi Indonesia Damai (AIDA), que significa Alianza para una Indonesia en Paz. La fundación enseña a las víctimas del terrorismo a informar en las escuelas y presta ayuda psicológica y económicamente. Pero Max sigue centrado en evitar que la juventud se radicalice. Este año tiene programado visitar al menos 20 escuelas.
El experto en terrorismo Peter Knoope continúa apoyando con entusiasmo el esfuerzo de Max. “¿Una gota en el océano? No, Max puede convertir esto en una auténtica marea”, afirma Knoope. “Tiene la energía para triunfar”.
“Indonesia tiene potencial para ganar la batalla contra el terrorismo”, afirma Hasibullah Satrawi, director de AIDA. “Podemos ayudar a hacer del país un lugar más pacífico”.

Fuente: readersdigestselecciones.es

Nota de Julio César Barreto: 
"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios". (Mateo 5: 9)



lunes, 7 de agosto de 2017

NUEVA VIDA

               
Huyeron de Afganistán hacia Europa con la esperanza de una nueva vida. Sin embargo, sus problemas no habían hecho más que empezar


                                         NUEVA VIDA - Selecciones


JOHN DYSON

El relojero pasó su última noche en su casa enrollando billetes de 500 euros en trozos de plástico, antes de ensartar 24 de ellos en las costuras del pantalón, en el cuello de la camisa de su mujer y en la ropa interior de sus hijas. Mucho antes de que el amanecer se extendiera sobre el paisaje pedregoso de Herat (Afganistán), Mahmud Mohamedi, de 30 años, despertó a su familia. “Es hora de irse”, les susurró.
Su esposa, Sharifa, de ojos oscuros, observó desde detrás del burka, con mirada triste y con pesar, todo el patio lleno de flores, y luego cogió de las manos a sus hijas-Roya, de ocho años, y Nazania, de tres. Mahmud calmó a Mack, su doberman, que sentía que algo estaba pasando.
Con lágrimas en las mejillas, Mahmud recogió su único equipaje, una pequeña mochila de plástico llena de leche y galletas y a continuación, echó el cerrojo tras de sí.
Mahmud llevaba la cara llena de magulladuras de la salvaje paliza que le habían dado los talibanes armados. Amordazado y atado, había estado detenido durante ocho días hasta que su familia había entregado casi 100.000 dólares (unos 70.000 euros). Ahora iba a apostar desesperadamente por una vida nueva, más segura.
Abandonó su casa, su negocio, sus dos coches, el perro y todo lo que poseía, excepto el móvil con las fotos de la familia, y pagó 10.000 dólares (unos 7.000 euros) a un traficante para que los pasara de contrabando a Europa. “Allí seremos libres y estaremos a salvo”, prometió a Sharifa.  
El camino fue duro y largo. Ocho horas en un autobús polvoriento hasta la frontera. Vadearon un río que les llegaba por la rodilla durante tres horas para cruzar a Irán. Su hija pequeña, fuera de combate por las pastillas de dormir, pesaba en sus brazos. Fueron en cuclillas durante horas en el compartimento del equipaje de un autobús.
Desde Teherán, un relevo de coches les llevó al comienzo de un camino de montaña. Durante ocho horas, Sharifa y Nazania fueron a caballo por la nieve, mientras que Mahmud y Roya caminaban a su lado. Se demoraron mucho sobornando a la policía turca. Después de 28 horas en un autobús hasta Estambul, fueron arrojados desde un coche en la tranquila campiña. Su guía les indicó con el brazo el camino hacia los árboles y las granjas bajo el cielo estrellado. “Grecia está por allí, ¡adelante!”
Al amanecer, seis días después de salir de casa, anduvieron cansinamente hasta un pequeño pueblo. Mahmud vio carteles en griego y saltó de alegría. “¡Estamos aquí!”, cantó. “Hemos encontrado nuestro paraíso”.
Mahmud y su familia no fueron los únicos en recorrer ese camino. En otoño de 2010, más de 75 afganos llegaban al día a Grecia, además de un número similar procedente de otros países de Oriente Medio y África. La mayoría de los “inmigrantes irregulares” eran solteros en busca de trabajo, pero los afganos llegaban acompañados de sus mujeres e hijos, señal de que huían de la tiranía y el terror auténticos. Todos tenían historias desoladoras que contar.
El mecánico de camiones, Habib Razi, de 43 años, huyó de Herat con su mujer, Laila, y sus tres hijos. A pesar de que el gobierno estaba respaldado por Occidente bajo el presidente Karzai, los talibanes habían cerrado la escuela donde trabajaba su mujer y habían prohibido la educación para las niñas, entre las que se encontraba su hija Suhar, de diez años. “En Europa podremos opinar y enseñar”, dijo. “Tendremos una vida de verdad. Pero queremos trabajar, no mendigar”.
 Viuda por la repentina muerte de su marido, Saliha Jabari, de 38 años, llevó a su hija y a sus cuatro hijos a vivir con un tío. Éste se jugó una noche a su sobrina en una mano de póquer y perdió. En lugar de entregar a su hija, Saliha y la familia huyeron buscando refugio en Europa.

Tanto para Mahmud como para Habib, Saliha y los otros compañeros de viaje, el primer atisbo del “paraíso” se convirtió en una sala abarrotada de un centro de detención de policía: sin camas, con aseos inundados y con el mínimo de comida. Tras tres días de infierno, Mahmud consiguió los permisos para que su familia pudiera quedarse un mes, y un autobús los llevó al corazón de Atenas. Allí fue donde empezaron realmente sus problemas.
Una habitación en una apartamento compartido por otras 13 personas costaba 450€ al mes. No había calefacción, ni agua caliente, los niños tiritaban de frío por las noches, no tenían colegio, ni seguro médico, ni trabajo, ni derechos: una pesadilla. Solicitar asilo era inútil porque había una acumulación de 50.000 expedientes y las autoridades solo procesaban 20 a la semana. De esos 20, se les concedía el asilo a menos del 1%, nada en comparación con el 50% de Holanda o Suecia.
Mahmud realizó el último y desesperado intento. Agarrotados y doloridos, los miembros de la familia salieron cansinamente del camión en el que habían estado traqueteando durante 11 horas. Cuarenta inmigrantes se habían repartido entre los dos niveles del interior. La ventilación era tan mala que los que iban en el nivel superior cortaron el techo con navajas.
A las 6 de la mañana del 15 de enero, llegaron a una remota ensenada en un lugar secreto. Anclado a pocos metros de la orilla se encontraba un barco de pesca turco, verde y azul. En una oficina de cambio de divisas, Mahmud había contactado con otros traficantes. Desdobló los dos últimos tubos de plástico que le quedaban escondidos entre la ropa y pagó 10.500 euros para llevar a su familia de contrabando hasta Italia. Así fue.
El maltrecho arrastrero reparado con fragmentos de madera y hierro parecía que fuera a hundirse en cualquier momento. Asustado, Mahmud se negó a abandonar la playa hasta que uno de los cuatro miembros de la tripulación lo apuntó con una pistola. “Buen barco, muy seguro”, gritó el hombre.

A toda marcha, con el sol del amanecer, el Hasan Reis de 20 metros de eslora se llenó con una carga de inmigrantes por valor de un millón de euros. No quedaba un solo centímetro de espacio libre en la cubierta. Incluso con mar calma, el barco se balanceaba peligrosamente bajo su pesada carga.
Mahmud tomó una cabina bajo el timón con otras familias entre las que se incluía la de Habib Razi y dos de los hijos de Saliha Jabari. Pocos afganos habían visto el mar alguna vez y mucho menos, viajado en barco. Con los ojos bien abiertos, pero confiadas, las hijas de Mahmud, Roya y Nazania, se abrazaron a las rodillas de su madre. El relojero sonrió preocupado. “Mañana, una nueva vida”, prometió.
Alrededor del mediodía, el capitán turco de cara sombría pidió a Mahmud que diera agua a todo el mundo. Al acercarse a la proa, vio a un inmigrante que señalaba una puerta bajo sus pies. Al abrirla y escudriñar el interior vio al menos 150 personas más encorvadas bajo la cubierta inferior, todas mareadas.
Al atardecer, empezó a soplar el viento. Las olas se hicieron más grandes y el movimiento se hizo cada vez más violento. La espuma saltaba por la proa y barría a la gente, demasiado aterrada y enferma para moverse. Todos habían visto videos de Titanic y se temían lo peor. Habib abrazó a su hijo Azim, de trece años. “Esto es el final, hijo”, le dijo.
El agua inundó toda la abarrotada cubierta inferior. La tripulación arrancó la bomba pero dejó de funcionar. El motor principal chisporroteó, sin girar apenas. A Ali Jabari, de 13 años, y a su hermano Hamid, de 15, los había mandado solos en el barco su madre viuda, que había tenido que quedarse en Atenas con el resto de sus hijos. Los dos adolescentes intentaron desesperadamente achicar la bodega utilizando cajas de pescado amarillas, pero era imposible detener el agua entrante.
Los inmigrantes que llevaban teléfonos móviles contactaron con los servicios de rescate, pero no conocían la posición del barco. Alguien que hablaba inglés suplicó a la policía italiana: “Por favor, vengan y ayúdennos”.
“No les queremos. Váyanse”, fue la respuesta.
Como el barco se encontraba en verdadero peligro de hundirse o volcar, el capitán lanzó dos bengalas de socorro al cielo. Envió una señal de socorro y dio la posición de 32 millas al noroeste de Corfú. Los guardacostas griegos no podían navegar a causa de mal tiempo. Su centro de rescate envió mensajes a los barcos cercanos para que ayudaran.
El primero en llegar al lugar fue un buque de carga turco. La madera del barco pesquero se rajó y se astilló mientras se quebraba a lo largo pero la tripulación no hizo nada por ayudar a la gente a bordo. Con horror, Mahmud los vio retroceder. “Estamos perdidos”, pensó.
El carguero holandés Momentum Scan estaba al sur, cerca de Corfú, con un cargamento de acero cuando el capitán Martin Remeeus, de 53 años, oyó que había un pesquero en apuros. Creyendo que tendría que rescatar a seis o siete hombres, divisó el pesquero en el radar y dijo a su tripulación que barrieran la mar gruesa con la linterna. Entonces Remeeus oyó un sonido extraño llegar con el viento: un coro espeluznante de gritos y gemidos humanos.

La luz iluminó el arrastrero en el agua, inmóvil y tambaleándose pesadamente bajo la carga de sus 263 ocupantes. Los bebés y los niños eran izados y zarandeados como banderas de socorro ante el haz de luz.
Alucinado, Remeeus dijo a su tripulación filipina que lanzara por el lateral todas las redes y escaleras que encontraran. Poner el carguero junto al pesquero requirió toda la pericia por parte del capitán. A pesar de su tamaño, el enorme barco se balanceaba y se tambaleaba con las olas de tres metros, mientras que el pesquero podía desaparecer en cualquier momento.
Los dos barcos retumbaban al mismo tiempo. Los inmigrantes jóvenes saltaron aterrorizados hacia la red, los otros intentaban trepar por encima de estos. Muchos cayeron al mar. Una ola levantó el barco y lo estrelló contra la gente que estaba en la red. El agua oscura entre los dos barcos, se llenó de heridos y muertos.
Remeeus imploró calma gritando por un megáfono. Su tripulación consiguió izar a la gente a un sitio seguro, pero los inmigrantes estaban llenos de aceite por las fugas de diésel y muchos resbalaron al mar.
Cuando se aplacó la primera avalancha de gente aterrorizada, Habib Razi intentó subir a su hija al carguero. En dos ocasiones, el balanceo del barco le hizo caer hacia atrás. En un momento en el que los dos barcos estuvieron perfectamente alineados, sus hijos pudieron ser finalmente izados por la tripulación, después él y Laila agarraron la escalera y treparon arriba. “¡Feliz cumpleaños!”, gritó Habib, rodeando con sus fibrosos brazos a su familia. “¡Hemos vuelto a nacer!”
Ali Jabari, en estado de semiinconsciencia por el mareo, se dio cuenta de que alguien le cogía de la mano y le llevaba hacia la red. Su hermano Hamid nunca volvió a ser visto.
Mahmud condujo a su familia al techo de la cabina de mando. Conforme se acercaban al barco, levantó a sus hijas hasta la tripulación filipina. Los siguieron a lo largo de la barandilla del barco y divisó al capitán de pelo gris bajo las luces de cubierta. Tenía las mejillas arreboladas y llenas de lágrimas.
Segundos después de que las últimas personas fueran rescatadas, el pesquero se partió y se hundió. Veintidós inmigrantes desaparecieron para siempre a pesar de la búsqueda emprendida con helicópteros y barcos patrulla. Para los 241 rescatados, había sido un viaje a ninguna parte.

Unos días después, Mahmud y su familia estaban de vuelta en el mismo apartamento de Atenas. Se enfrentaban a un futuro incierto. A Mahmud solo le quedaban 250 euros en el bolsillo. Con su mujer y sus hijas, se uniría a los miles de inmigrantes que dormían en los parques de la ciudad y comían de la limosna de las iglesias y corrían el riesgo de ser atacados por matones griegos. Su móvil con las fotos de casa había desaparecido en el mar.
Sorprendentemente, esa misma semana, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos declaró que Grecia trataba a los inmigrantes de forma “degradante e inhumana”. El primer ministro griego, George Papandreou, prometió abordar la situación y se han hecho planes. La acumulación de solicitudes de asilo se arreglará y se establecerá un nuevo servicio de asilo. Al mismo tiempo, se ha establecido un Servicio de Apoyo al Asilo en Malta para ayudar a los países en situaciones difíciles.
“Hay indicios positivos”, afirma Ketty Kehayioylou, de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados en Atenas. “Pero la falta de fondos y de personal formado es tremenda. Hasta la fecha, no ha cambiado básicamente nada”.
El relojero y otras personas que hicieron el intento desesperado de encontrar refugio y una vida mejor en Europa se enfrentan a una larga espera.

En marzo de este año, el capitán Remeeus voló a Atenas y siguió la pista a cinco familias con hijos, incluidos los Mohamedi, a los que había rescatado. Él y la empresa naviera CFL han fundado una ONG llamada ‘Stichting Momentum’ para proporcionar ayuda. “Les rescatamos del mar, pero tenemos que acabar el trabajo”, dice. Para donaciones, visita la página web: www.canadafeederlines.com/content/ actualiteit/stichting-momentum

Fuente :readersdigestselecciones.es

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