Recientemente me sorprendí al darme cuenta de que había marcado un parteaguas  importante en mi vida, el vigésimo aniversario de mi ordenación al ministerio evangélico. Mientras reflexionaba sobre esa noche de agosto de 1995 en Biloxi, Mississippi, traté de recordar algunas de las cosas que he aprendido desde entonces. Estas no son necesariamente las cosas más importantes, muchas de ellas, estoy seguro, son subconscientes, pero estas son las veinte cosas que vienen a mi mente en este momento acerca de lo que he aprendido en veinte años de ministerio. 

1) Cuando se trata de la predicación, la Escuela Dominical fue más importante para mí que el seminario. Valoro el griego, el hebreo y todo lo demás, pero absorber las historias, frases y enseñanzas de la Escritura cuando era niño fue más importante que todo eso. Si tuviera que elegir entre los dos, escogería la Escuela Dominical.

2) En mi ordenación, un diácono, haciendo referencia a la Biblia y a mi esposa, dijo: “Hijo, no te pares en el púlpito con cualquier otro libro que no sea éste, y no te metas en la cama con otra mujer, que no sea ella”. Sabios consejos. Otra forma de decirlo: “Mantengo en estrecha vigilancia mi corazón ; mantengo mis ojos bien abiertos todo el tiempo. Guardo los extremos del lazo que nos une; porque eres mía, camino sobre la línea”. (Nota del traductor: Verso que corresponde a la primera estrofa de la canción “I Walk the Line” de Johnny Cash).

3) De lo que más me lamento son los fracasos a ser amable o misericordioso. Lo que más me atormenta no son sermones que se podrían haber predicado mejor o ministerios que podría haber liderado mejor, sino gente que amaba que necesitaba más misericordia de la que yo podía dar, o gente por la que me di por vencido demasiado pronto. Si pudiera advertir a mi “yo” más joven, le diría, “si has de errar, yerra por bondadoso y misericordioso”.

4) No puedo exagerar la bendición que son los viejos amigos. Necesito desesperadamente a la gente que me conocía antes de que fuera el “Dr. Moore”. Ellos son los que me pueden humillar cuando me siento orgulloso, y recordar quién soy y a lo que Dios me ha llamado cuando me siento deprimido. Cuando la vida sigue y el ministerio se vuelve más frenético, es fácil dejar que la amistad se adormezca, y más tiempo transcurra entre las llamadas telefónicas o visitas. No dejes que eso suceda.

5) No hay ministerio sin mentoría. Guardo fotos por todas partes de los mentores en mi vida, aquellos que vieron las posibilidades en mí a una edad temprana y me enseñaron lo que sé. La mayor parte de lo que aprendí de estos hombres y mujeres ocurrió en tiempos no programados, cuando estos mentores difícilmente sabían que me estaban “mentoreando”. Al mismo tiempo, miro alrededor a los pupilos que Dios me ha dado en el ministerio, a muchos de los cuales todavía les puedo servir de diversas maneras ahora como colegas. La mentoría tomará una gran parte de tu tiempo, y a veces tu energía emocional, pero vale la pena.

6) La consejería personal ha sido tan importante como el estudio. Yo soy, por naturaleza, más profeta que sacerdote. No me gusta mucho la consejería uno a uno. Prefiero predicar un sermón o escribir un artículo que sentarme con una pareja y escucharlos discutir acerca de quién le manda mensajes de texto a quién. Pero frecuentemente me encontraba con una gran dosis semanal de consejería personal. Ahí adquirí conocimientos sobre las luchas que nunca he tenido, heridas que nunca he pensado, y tentaciones que nunca he experimentado. Me ayudó, yo creo, no solo a orar mejor, sino también a predicar y escribir mejor. Es lo que más extraño de ser un pastor en una iglesia y de ser decano en el Southern Seminary.

7)  El estudio de la Biblia es fácil para mí; la oración es difícil. He descubierto que, como Israel en el desierto, Dios a menudo tiene que dejarme hambriento hasta el punto que yo sepa que no vivo solo de pan, y tenga que pedir el pan que me da vida.

8) He descubierto que no hay nada que me pueda alcanzar a un nivel espiritual primario como los himnos que he conocido toda mi vida. Las canciones nuevas me pueden enseñar mucho, pero “Tal como soy” me puede llevar hasta lágrimas de gratitud. Perder la himnología que ha conectado generaciones puede ser una de nuestras mayores pérdidas.

9) De todas las familias que he aconsejado que han pasado a través de los estragos del adulterio, no sé de una donde el problema sea el sexo. Por lo general, se trata de lados culpables tratando de recapturar la emoción de las citas que tuvieron en la escuela secundaria o la universidad y la fiebre hormonal que venía con ellas. Nuestras definiciones culturales, a menudo mediadas a través de la música, de lo que el “amor” es y cómo debe sentirse, contribuyen a esto.

10) La mayoría de los errores teológicos que encuentro en mí mismo o en otros, tienen sus raíces en sustituir los “uno u otro” en la Biblia y poner “ambos”, y viceversa.

11) Es importante conocer la diferencia entre un Simón el Mago, que necesita ser reprendido (Hechos 8:18-23), y un Apolos que solo necesita que se le instruya con más paciencia (Hechos 18:25-26), o entre los cristianos de Filipos que necesitan recordatorios suaves y los herejes de Galacia que deben ser repudiados con decisión.

12) Debemos separarnos del pecado, nunca de los pecadores. Es mucho más fácil hacer lo contrario. Y las acusaciones “Él come con los publicanos y pecadores” todavía continúan. La valentía significa no temer a aquellos que tratan de intimidarnos de seguir a Cristo y llevarlo hacia los que están enfermos y necesitados de un médico.

13) La Escritura nos llama a juzgar a aquellos que, dentro de la iglesia, llevan el nombre de hermano, y no aquellos están fuera de ella (1 Cor. 5:9-12). Hacer lo contrario puede volver su ministerio más sencillo, como si estuvieras tomando un atajo.

14) No puedes evitar la crítica. Decide de antemano qué tipo de crítica quieres que se diga de ti, recordada junto a tu tumba. Cuando llegue ese tipo de crítica, toma el tiempo para agradecer a Dios por ella. Asegúrate de que te critiquen como lo hicieron con Jesús, por ambos extremos —su santidad y su relación con los pecadores— (Lc. 7:33-34). 

15) El cristianismo cultural es muy cómodo para algunas personas. Estas son personas que no tienen una fuerte doctrina acerca del infierno. Si no hay juicio, entonces el cristianismo nominal es genial, ya que impulsa a las personas a comportarse y vivir una buena vida. Si hay un infierno (y estoy de acuerdo con Jesús que sí hay), entonces el cristianismo nominal y cultural es peor que el secularismo o el hedonismo o el ateísmo o el paganismo porque dice: “No morirás” (Génesis 3: 4), pretendiendo que esas palabras vienen de Jesús mismo. Esto lleva a la muerte, y a tomar el nombre de Dios en vano, todo al mismo tiempo.

16) He encontrado que la mayoría de las cosas que consideraba callejones sin salida en mi ministerio, a la luz de los últimos años, no resultaron ser así. Dios estaba usando las amistades, los libros que había leído, las conversaciones que había tenido, los trabajos retenidos, y las catástrofes experimentadas, de maneras que nunca podría haber predicho. Y esas son solo las cosas que he percibido.

17) No puedo pensar en una cosa que me preocupaba al principio de ministerio que resultó ser una preocupación a medida que pasó el tiempo. Por ejemplo, me desesperaba y pasaba noches sin dormir cuando fui llamado al ministerio por mi miedo de hablar en público. Se podría pensar que este descubrimiento podría hacer más fácil “Por nada estéis afanosos,” pero todavía lucho para confiar en Dios.

18) Mis peores sermones han sido los que  apuntan primero al intelecto o la voluntad. Mis mejores sermones han sido los que apuntan en primer lugar a la imaginación (“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”).

19) Guardo notas de aliento que me han llegado a través de los años, de todo el mundo, desde mi esposa hasta desconocidos. Mi Biblia está llena de ellas, y algunas incluso están enmarcadas. Esto debería recordarme a no asumir que debo recibir aliento y agradecimiento, sin expresarlo. A veces pienso que no lo hago porque me temo que sonará extraño. Pero nunca ha sido difícil para mí recibirlo, y yo debería recordarlo.

20) Cuando predicaba cada semana en una iglesia en Louisville, Kentucky, terminaba todos los servicios con la misma bendición, 

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 

En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. 

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”(Jn. 1:1-5,14). 

 Leía este pasaje porque creo que resume la totalidad de la Biblia. Pero, más que eso, lo leía porque necesitaba escuchar esas palabras, en voz alta, cada semana. Mi vida depende de ello.


Publicado originalmente en russellmoore.com. Traducido por Sergio Paz.